Despertando del sueño II


Despertando del sueño II

Estaba allí quieta, casi inmaculada, con mi pelo almidonado y esparcido por los pliegues de la almohada. Mi frente llena de luz como si se tratara de un cuerpo sideral, mis labios secos y juntos, mis brazos caían suaves y se encajaban sobre mi vientre, mis manos llenas de historias inconclusas se perdían entre las sábanas blancas, increíblemente blancas y en las que se podían adivinar mis piernas separadas como dos torres de un juego de ajedrez a punto de empezar.

La habitación blanca parecía infinita, como si no tuviera paredes ni límites. Solo la luz celestial que entraba por las ventanas y acariciaba mi rostro me recordaba que seguía en el mundo terrenal. Pero allí dentro, rodeada de tanta belleza y paz, me sentía en un lugar sagrado, un refugio para mi alma cansada. Las ventanas entreabiertas eran la antesala del jardín más hermoso que podía existir sobre la tierra, me parecía paradisíaco, casi divino y muy conocido.

Recuerdo que una vez, acostada en la hierba, me quedé dormida por largo rato en aquel jardín y soñé que todo aquello era el cielo, el paraíso a donde van las almas buenas... pero desperté y aún seguía ahí acostada imaginando cosas. Imaginé que comía manzanas y peras, ¿o eran naranjas? Imaginé que el árbol que me daba sombra me estaba hablando e imaginé que las flores que allí crecían se enamoraban de mi cabellera y se enredaban en ella. Imaginé tantas cosas que por muchos años después seguía imaginando en aquel mismo lugar. Ese fue el lugar que muchas veces apaciguó mi ira, contestó las dudas de mi alma, lloró conmigo cuando estaba triste, coronó mi gozo y exploró mil emociones en mi corazón. Ahí me encerraba tras puertas abiertas y descubría las formas de las nubes y conversaba con ellas... y reía y lloraba y soñaba y anhelaba junto a ellas, esas que están tan lejos de mí pero las sentía tan cerca que incluso las podía tocar. Todo aquello se transformaba en un grato recuerdo, que se repetía una y otra vez hasta que soñé tanto con volver a ese recuerdo que olvidé cómo soñar.

Recordaba cosas de mi infancia, momentos felices con mi familia, aventuras con mis amigos de la escuela, risas y travesuras. Todo parecía tan lejano y a la vez tan cercano, como si pudiera tocarlo con mis dedos y sentirlo de nuevo. Pero también había recuerdos dolorosos, momentos de pérdida y desamor, errores cometidos que habían dejado cicatrices en mi corazón. A pesar de ello, en aquel sueño, esos recuerdos se volvían más livianos, como si estuvieran cubiertos por un velo de gracia divina que los hacía más llevaderos.

La habitación se llenó de un perfume embriagador, un aroma a flores y hierbas que me hizo sentir que estaba en medio de un jardín mágico. Cerré los ojos y respiré profundamente, dejando que aquel aroma llenara mis pulmones y me transportara a un lugar de paz y armonía.

Cuando abrí los ojos de nuevo, me encontré en un paisaje nuevo, rodeada de árboles y arbustos de colores vivos y brillantes. Un río cristalino corría a mis pies y podía escuchar el canto de los pájaros en el aire. Me sentía más viva que nunca, como si mi cuerpo y mi alma hubieran despertado de un largo letargo.

Seguía allí, como una princesa; bella, exuberantemente bella. La forma de la caída de mi pelo sobre mis hombros y la almohada con encajes en los bordes me daba un aire de intocable, de divina y perfecta. Estaba ahí, observándome; ¿observándome? Sí, observándome y cuidando de cada detalle de aquella habitación blanca y una cama alta con espaldar de hierro donde estaba yo. Y recordaba cosas en todo momento y un recuerdo me traía al otro casi al instante. Recordé todas y cada una de las sensaciones placenteras que había experimentado en toda mi vida... recordé aquella flor en mi pelo que me coloqué delicadamente antes de dar un paseo, recordé el olor de la playa al amanecer, recordé el viento chocar en mi cara cuando corría, recordé también las caricias prohibidas, recordé la imagen perdida de mi primer amor, recordé el sabor de la lluvia acariciándome la espalda, recordé también la luz de la luna reflejada en sus ojos y el calor del sol fundido en su abrazo. Recordé tantas cosas que fui tan feliz que olvidé haberme visto a mí misma tiesa y sin vida.

Ahora navegaba en ríos de plata y me preguntaba si lo había hecho bien, eso de vivir. Porque nos pasamos la vida resistiéndonos tanto a su final, que olvidamos que de eso se trata la vida; de vivirla y no de irla muriendo en el camino. ¿Acaso estoy dejando perder este sueño de vivir o es que estoy perdiendo la vida por dejar de soñar? ¿De eso era que se trataba el sueño? Me arrepiento. No sé de qué, pero hay un profundo sentir de arrepentimiento en todo mi cuerpo, que no lo veo pero lo siento. Lo haría diferente. Juro que lo haría diferente. Y después del negro, todo se vuelve blanco otra vez.

De pronto, una voz suave y melodiosa resonó en mi mente. Era una voz conocida, pero no podía recordar de quién era. Me llamaba por mi nombre y me decía que había llegado el momento de despertar, de salir del sueño y enfrentar la realidad.

Continúa en la siguiente publicación...

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