Despertando del sueño I


Despertando del sueño I

Era un martes cualquiera en que la alarma sonó a las siete. Me levanté como resorte y me senté en el borde de la cama. Aunque estaba todavía medio dormida, el repaso mental de lo que me esperaba en el día comenzó a animarme y una pequeña sonrisa se coló entre los pliegues que me había dejado la almohada en la cara. Estaba despierta pero aún con medio cuerpo en aquel sueño, que hacía meses tenía y no entendía, pero se repetía como si la vida intentara decirme algo.

El primer sorbo de café me devolvió esa otra parte de mi cuerpo que se había quedado atrapado en el sueño. Era primavera y la brisa fresca traía a juguetear en mi cabeza el olor de los cerezos que había plantado hacía ya un año la vecina del primero. Era un lamento de persona, pero si algo se podía rescatar de la pobre señora era su afición por los cerezos. Cada vez que me la cruzo en el portal intento posicionar una flor de cerezo en lugar de su cabeza para recordarme a mí misma que hasta su gruñido puedo perdonarle a un cerezo tan bonito.

Cuando me subí en la moto, tuve esta sensación que sientes cuando te has dejado algo. Que intentas seguir pero algo te retiene. Que intentas avanzar pero algo te lo impide. Un recuerdo, un olvido mas bien. Un olvido en el recuerdo. Hice un recuento rápido. Llaves, bolsa, libreta, móvil, cabeza… está todo. Y trato de olvidar la sensación que ahora sé a qué correspondía, ciertamente había dejado algo: aquel sueño.

Parece que en la noche anterior había llovido y el asfalto bajo los neumáticos de mi imitación de vespa todavía guardaba ese vaporizo que sube y calienta cuando el sol le toca. No podía decidir si me agradaba o no aquel olor. En eso pensaba, cuando en el próximo semáforo en rojo todo se puso blanco. Muy blanco. Y yo pensaba en el olor del asfalto, qué ironía. De pronto, de nuevo el sueño vino a mí como una marejada caribeña, suave al inicio pero contundente al retorno. 

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